HABITAR EL RIESGO

Leila Guerriero, periodista y escritora

21 de noviembre, 2016. Conferencia de Leila Guerriero para el Encuentro: ¿Seguimos hablando de ODS (“objetivos de desarrollo sostenible”) o los ponemos en marcha?

Fuente: Coordinadora de Organizaciones de Cooperación para el Desarrollo, con acceso en https://coordinadoraongd.org/2016/11/habitar-el-riesgo/

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Para empezar por alguna parte, podríamos empezar por las palabras ¿Saben qué es una agenda? Para la mayor parte de la gente que anda por ahí afuera, cargando las bolsas de las compras o preguntándose cómo cuernos llegará a fin de mes con ese salario miserable, sobreviviendo a la depresión o al amor o a la diabetes, la agenda es un trozo de papel o la pantalla de un teléfono donde se anotan tareas pendientes: “Martes 5, llevar a Esteban a inglés, descongelar pollo, reunión con Vicente. Miércoles 6, cita con Natalia, llevar auto al mecánico, depilarme”. Pero aquí, esta tarde, yo digo agenda y ustedes piensan en la ONU. Es un ejemplo banal, quizás burdo, pero en ese pequeño error de paralaje reside, quizás, parte del problema: en dar por sentado que, cuando decimos “agenda”, todos escuchamos lo mismo. Y con el mismo interés. ¿Cómo puede convocarse el interés de un lector en torno a algo llamado Agenda 2030 cuando todos los involucrados en el tema dan por sentado que esas palabras remiten indudablemente a la idea de “si no hacemos algo pronto este sistema cultural, político y económico que tenemos nos llevará al desastre”, mientras un lector común y corriente lee Agenda 2030 y piensa en ese adminículo en el que anota la cita con el ginecólogo y con el analista?

Cuando me invitaron a formar parte de este encuentro me pidieron que hablara acerca de cómo contar, desde el punto de vista periodístico, algo tan abstracto como una “agenda mundial”. Los “17 Objetivos de Desarrollo Sostenible con 169 metas conexas, de carácter integrado e indivisible” de la Agenda proponen, y cito más o menos literalmente, un mundo sin pobreza, hambre, enfermedades, privaciones ni violencia, en el que la alfabetización, la salud, el acceso al agua potable y los alimentos sean universales, donde se respeten los derechos humanos y los niños crezcan libres de la violencia y la explotación, y las mujeres y niñas gocen de la plena igualdad entre los géneros; un mundo en el que cada país disfrute de un crecimiento económico inclusivo y sostenible, y en el que el desarrollo y la aplicación de las tecnologías respeten el clima y la biodiversidad. Puesto así suena, con perdón, a la promesa que nos hace el mercachifle de la esquina cuando nos quiere vender un líquido que tanto sirve para quitar los rayones del auto como para reparar paredes, desinfectar heridas, rizarse el pelo, limpiarle el trasero al bebé y lavar los platos: demasiado bueno para ser verdad.

Por lo tanto, aterrizar ese contenido en historias concretas tiene sentido, porque en la base del oficio periodístico está la operación de decodificar una realidad compleja y llevarla a los lectores para que se asqueen, se maravillen u opinen exactamente lo contrario, pero jamás para que les resulte indiferente. Sin embargo, y en particular en temas relacionados con todos esos asuntos, eso es lo que a menudo sucede: los lectores dedican una atención distraída. Y no es tan difícil entender por qué.

Antes de seguir, conviene recordar que el periodismo no es una herramienta de evangelización ni un órgano de propaganda y que en todo caso, cuando pierde su mirada crítica, deja de ser periodismo. Y esa es la parte difícil, porque implica abandonar una orilla muy confortable y segura que se llama corrección política y con la que este oficio debería llevarse a las patadas.

Hace algunos años, el periodista norteamericano Jon Lee Anderson, que ha cubierto cientos de escenarios de conflicto en diversas partes del mundo, dijo durante una entrevista con el diario La Nación, de Buenos Aires: “Ser víctima no es ninguna virtud. Hay muchos periodistas que, a mi juicio, pecan al tratar de crear virtud en la víctima. (…) Es una estrategia narrativa que esconde una actitud de condescendencia. Por ejemplo, supongamos que debemos contar la historia de una mujer violada. Ella me da mucha pena, pero eso no la hace buena. ¿O qué ocurriría si esa mujer violada es una persona difícil, moralmente compleja y cuestionable? ¿Entonces ya deja de ser una víctima, sólo porque no puedo mostrarla como alguien virtuoso?”.

Para contar la Agenda 2030 habrá que encarnar cada uno de sus puntos en historias concretas: reportajes sobre sitios horripilantemente pobres, sobre fulanos y fulanas que viven ahogados por la contaminación del basural de turno, pero  nada de todo debería hacerse transformando a las víctimas en seres angelicales.¿Por qué necesitamos que, además de sufrir, la gente sea buena? ¿Las personas infieles, los niños viles, los hombres mentirosos no sufren la contaminación? ¿Una campesina africana que se muere de hambre sólo merece que la humanidad le preste atención si pasa un examen de ética y moral?

En su libro Contra el cambio, el periodista argentino Martín Caparrós, dice cosas tan incorrectas como esta: “”Responsabilidad social” es un término curioso: ser responsable significa aceptar que uno ha hecho algo de cuyos efectos debe hacerse cargo. Hacerse cargo, en este caso, implica pagar -poco- con programas de ayuda para compensar a esa sociedad por la que la empresa se siente responsable. La responsabilidad social se mide en dinero y, sobre todo, en penitencia pública: he hecho algún daño pero miren, lo asumo y lo pago, soy bueno, soy responsable de mis actos. (…) Como no hay nada peor visto en las sociedades occidentales contemporáneas que ese descuido de la naturaleza, las corporaciones gastan fortunas en mostrarse mas ecololós que nadie. Lo cual debería poner a muchos ecologistas en algún tipo de problema: si yo digo lo mismo que la Exxon, ¿quién estará equivocado, yo o la Exxon?” Uno puede, o no, estar de acuerdo con ese párrafo, pero la saludable insolencia que rezuma oficia, también, como un recordatorio de lo que está en la base de nuestro oficio: para contar cualquier historia hay que estar dispuestos a mirar al sesgo, a pensar en contra y a discutir cualquier convicción, ajena o propia.

Decía, párrafos atrás, que los lectores suelen dedicar una atención distraída a los asuntos que trata la agenda, y que no era tan difícil entender por qué. Intentaré explicarme.

Supongamos que alguien quiere escribir una historia que transmita clara y argumentadamente la idea de que este piso que pisamos no es una cornucopia inagotable de riquezas sino una cárcel de fuego, barro y oxígeno girando a 30 kilómetros por segundo alrededor del sol y que, en algún momento, si no tenemos cuidado, cerrará sus viejas mandíbulas cansadas en torno a nuestros frágiles cuellos. Supongamos, después, que ese alguien escribe esto: “Existe una relación directa entre el calentamiento global o cambio climático y el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero provocadas por las sociedades humanas tanto industrializadas como en desarrollo. El nivel de emisiones de dióxido de carbono ha aumentado un 31%; el metano un 145% y el óxido nitroso un 15%. La atmósfera está recibiendo otros gases que no existían: clorofuorcarbonados y compuestos perfluorados”. Puedo entender que quien lea ese párrafo piense “Qué barbaridad”, cierre el periódico y treinta segundos después esté paseando a su perro, sin recordar ni media frase de lo que acaba de leer porque nada de todo eso le ha resultado amenazante. Porque ni una sola de todas esas palabras lo ha hecho pensar “Esto tiene que ver conmigo”.

Los comunicados institucionales están repletos de términos como “empoderamiento”, “objetivos de desarrollo sostenible”, “viabilidad”, “formulación de indicadores”. Esas palabras son buenas para eso: para los comunicados institucionales.

La ONU, la OIT, la OMS, tienen un lenguaje propio, un esperanto hecho con siglas y vocablos que han sido limados en todas sus aristas hasta perder cualquier aspereza, cualquier capacidad de ofensa. Así, en ese lenguaje paralelo, un negro es una persona de color; un paralítico una persona con capacidades diferentes; un gordo una persona con sobrepeso; una mujer golpeada una víctima de violencia de género. Ese es el problema con las oenegés: que son educadísimas y que, además, no ven nada antiestético en palabras tan feas como empoderamiento ni nada artificioso en frases como “Participación activa de todos los actores implicados para garantizar la apropiación de la Agenda”. Esas palabras y frases son efectivas y necesarias para delinear territorios de investigación y sentar definiciones políticas pero, trasladadas a la escritura periodística, levantan un muro de indiferencia entre quien lee y la realidad que se quiere narrar. No sólo no conmueven sino que, por el contrario, tranquilizan. Detrás del término femicidio hay una mujer violada hasta la tumefacción y descuartizada por su marido, y detrás de la frase “violencia de género” hay mujeres a las que les arrancan los ojos y a quienes queman con ácido, pero, envuelta en el hojaldre bonachón de palabras que no dicen nada, la realidad llega al lector desactivada, sumergida en hectolitros de líquido anestésico.

Y en la escritura periodística no sólo importa lo que se dice, sino cómo se lo dice.

Porque en la escritura periodística la estética es una moral.

Leo frases sueltas, relacionadas con la agenda 2030, que dicen cosas como “complemento fundamental de los esfuerzos que realizan los países para movilizar recursos públicos a nivel interno”, “ejecución de las estrategias y los programas de acción pertinentes”, “transferencia de tecnologías ecológicamente racionales”. Y recuerdo El placer del texto, de Roland Barthes, donde dice: “El texto que usted escribe debe probarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los goces del lenguaje, su kamasutra”. Si asumimos que Barthes tiene razón, me pregunto cuál es el kamasutra de frases como “complemento fundamental de los esfuerzos que realizan los países” o de “transferencias de tecnologías ecológicamente racionales”.

El periodista español Juan Cruz Ruiz dice, citando a Eugenio Scalfari, fundador y director del diario La Republicca, de Italia, que “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”. Y a la gente no le pasa nada como “falta de acceso a la educación”: a la gente le pasa que firma con una cruz un contrato que no puede leer, porque no sabe hacerlo, y, sin darse cuenta, le cede los derechos del terreno donde vive desde hace décadas a una corporación multinacional que quiere construir, allí, un shopping.

Hay un informe de la ONU que habla del hambre. Dice: “Alrededor de 795 millones de personas no disponen de alimentos suficientes para llevar una vida saludable y activa. La gran mayoría de hambrientos vive en países en desarrollo, donde el 12,9% de la población está subalimentada. En África subsahariana, las proyecciones para el período 2014-2016 indican una tasa de desnutrición de casi 23% . La nutrición deficiente provoca casi la mitad (45%) de las muertes de niños menores de 5 años. En el mundo en desarrollo, 66 millones de niños en edad de asistir a la escuela primaria acuden a clase hambrientos, 23 millones de ellos solo en África”. Y hay un fragmento del libro Contra el cambio, de Martín Caparrós, que habla de una mujer nigeriana: “La familia de Mariama come, si puede, tres veces por día: al alba, la bola hecha con mijo molido largamente en el mortero de madera, mezclada con un poco de leche o agua; al mediodía, la misma bola o una sopa de agua caliente con harina de mijo. La cena, al caer la noche, es la comida más elaborada: una pasta de mijo o de maíz con una salsa hecha de hojas de baobab o gombo o lo que haya”. Y hay otro fragmento del libro El hambre, también de Martín Caparrós, que dice: “Si usted se toma el trabajo de leer este libro, si usted se entusiasma y lo lee en –digamos– ocho horas, en ese lapso se habrán muerto de hambre unas ocho mil personas: son muchas ocho mil personas. Si usted no se toma ese trabajo esas personas se habrán muerto igual, pero usted tendrá la suerte de no haberse enterado. O sea que, probablemente, usted prefiera no leer este libro. Quizás yo haría lo mismo. Es mejor, en general, no saber quiénes son, ni cómo ni por qué. (Pero usted sí leyó este breve párrafo en medio minuto; sepa que en ese tiempo sólo se murieron de hambre entre ocho y diez personas en el mundo –y respire aliviado).”

El informe de la ONU es exhaustivo y transmite los datos con toda seriedad. Pero el libro de Caparrós incendia esos datos hasta volverlos una zarza ardiente, incómoda, insoportable.

Hace unos años, fui a Zimbabwe, un país con unas estadísticas que parecen remitidas directamente desde el sillón del diablo. El 90 % de sus 12 millones de habitantes no tiene empleo, el 80% no tiene qué comer y el 20% está infectado por el virus del HIV, que mata a 2500 personas por mes. Yo fui allí a contar esa epidemia, y quería que el lector entendiera de manera contundente lo que había detrás de esa cifra: un país que se está quedando sin hombres y sin personas jóvenes, donde los viejos crían a los hijos de sus hijos muertos que, a su vez, están infectados por el virus que mató a sus padres y que, como ellos, seguramente morirán. Necesitaba transmitir el peso de esa aniquilación, de esa tierra arrasada, y decidí tomar entonces el testimonio de una mujer que vivía en el campo, en una choza sin electricidad y sin agua, junto a su pequeña nieta infectada de HIV. Todos sus hijos habían muerto y la mujer me llevó a visitar sus tumbas, que estaban a pocos metros de la choza. El texto empezaba así: “Cuando el primero de sus hijos murió, MaNgwengya ya vivía en Nkunzi, cerca de Tsholotsho, oeste de Zimbabwe, a la vera de un camino de árboles espinosos y bajo un cielo de reptiles. La vida siempre había sido eso que llaman una vida dura: acarrear agua, confiar en las esquivas lluvias, comer maní tostado como toda cena. Por eso, cuando el primero de sus hijos murió, MaNgwengya lloró mucho pero no vio en eso un tarascón de la desgracia: porque esas cosas pasan en las vidas duras. Lo enterró a metros de su casa, en el mismo sitio en que había enterrado a su marido: bajo un monte de espinos y eucaliptus, bajo la tierra, bajo un túmulo de piedras que los vecinos le ayudaron a acarrear. Cuando el segundo de sus hijos murió, MaNgwengya lloró mucho pero volvió a pensar que esas cosas pasan en las vidas duras y lo enterró a metros de su casa, bajo el monte de espinos y eucaliptus, bajo la tierra, bajo un túmulo de piedras que los vecinos le ayudaron a acarrear. Cuando el tercero de sus hijos murió, MaNgwengya lloró mucho, lo enterró a metros de su casa, bajo el monte de espinos y eucaliptus, bajo la tierra, bajo un túmulo de piedras que los vecinos le ayudaron a acarrear. Cuando la cuarta de sus hijas murió, en 2010, ManGwenya se dijo que ya no tenía nada que perder porque todos los nacidos de su vientre estaban muertos. Pero después supo que la única sobreviviente a esa masacre, su nieta Nkaniyso, de 17 años, portaba el mismo mal que había aniquilado a su simiente: un virus del género lentivirus que mata, en su país, a 2500 personas por mes.“

Las estadísticas importan, los datos importan, los detalles técnicos importan, pero si queremos que esas estadísticas y esos datos y esos detalles técnicos cuenten una historia que deje, en los lectores, el rastro que deja un texto inolvidable, hay que huir de las de las miradas burocráticas y de las prosas embalsamadas.

La Organización Mundial de la Salud dice que algunos países de América Latina y el Caribe tienen las tasas de homicidio más altas, y estima que en 2012 hubo 28,5 homicidios por 100.000 habitantes, más del cuádruple de la tasa mundial. La OMS llama, a eso, “violencia interpersonal”. En 2015 edité un libro llamado Los malos que contenía 17 perfiles de seres siniestros de América Latina: pandilleros, policías siniestros, torturadores, íncubos perfectos. El periodista salvadoreño Oscar Martínez escribió para ese libro el perfil de El Niño, un ex miembro de la mara Salvatrucha, y narró de esta manera el momento en que El Niño torturaba a un marero traidor llamado El Caballo.

“Para quien quiera imaginarse el sadismo del que es capaz un pandillero –escribe Oscar Martínez-, basta decir que El Caballo, tras media hora de torturas, murió sin ningún tatuaje en el cuerpo, sin orejas ni brazos ni piernas, y sin corazón. Cuando era sólo un tronco, y exhalaba lo último que le quedaba de vida entre ronquidos y silbidos suaves, le suplicó al Niño.

—Ya, homeboy, deme un bombazo en la cabeza.

—¿Y a vos quién te ha dicho que nosotros somos tus homeboy? Te vas a morir como La Bestia manda –dice El Niño que fue su respuesta.

Durante algunos minutos más, con la afilada hoja de un machete, siguieron torturando a aquel pedazo humano, hundiendo el filo delicadamente al costado de su hígado. Cuando todo terminó, el corazón del Caballo estaba en la mano derecha del Niño” (…)”

Supongo que podríamos decir que se trata de un ejemplo muy claro de lo que la OMS llama “violencia interpersonal”, y que grafica muy bien cuáles son los verdaderos alcances de esos dos términos tan serenos.

Los informes informan, pero no tocan; dicen, pero no dañan; mencionan, pero no muestran. Las cifras sin encarnar son sólo cifras y las grandes palabras son grandes palabras vacías de contenido que leemos sin leer. ¿Cuántas veces se han publicado frases como “el horror de Chernóbil”, “la tragedia de Chernóbil”, “la ignominia de Chernóbil? En 1997 una mujer llamada Svetlana Alexievich publicó un libro, Voces de Chernóbil, que contiene testimonios de víctimas y familiares de víctimas de la explosión que tuvo lugar en 1986 en esa central nuclear. En el libro, el horror late como un feto maligno, entonando una canción de tumba dedicada a todos nosotros, habitantes de la era nuclear aposentados en nuestra buena salud, libres de que se nos caiga la cara a pedazos por efectos de la radiación. En él, la mujer de uno de los bomberos que acudieron a la central a apagar el incendio cuenta la agonía y la muerte de su marido. “El empezó a cambiar. Cada día me encontraba con una persona diferente a la del día anterior. Las quemaduras le salían hacia afuera. Aparecían en la boca, en la lengua, en las mejillas. Primero eran pequeñas llagas, pero luego fueron creciendo. Las mucosas se le caían a capas, como si fueran unas películas blancas. El color de la cara, y del cuerpo… azul… rojo, de un gris parduzco. Y, sin embargo, todo en él era tan mío, ¡tan querido!  (…) Justo nos acabábamos de casar. Aún no nos habíamos saciado el uno del otro. (…)  Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, en los últimos dos días, le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne. Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba en sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de adentro”.

No hay en ese fragmento estadísticas, no hay datos técnicos, no hay palabras complejas. Hay una mujer que cuenta cómo se le deshizo entre los dedos el cuerpo del hombre que amaba y cómo, mientras lo veía agonizar, no podía hacer otra cosa que ayudarlo a escupir sus propias vísceras. En la diferencia radical que existe entre ese fragmento y una frase hueca como “la tragedia de Chernóbil” vive el verdadero periodismo.

A lo largo de todo este año trabajé en la edición de un libro que reúne crónicas acerca de diversos proyectos de innovación propiciados por el BID en varios países de América Latina: Colombia, Ecuador, Perú. El BID me envió los resúmenes con los datos de cada proyecto, y el del caso peruano decía así:  “Con el proyecto se buscó el desarrollo de un equipo capaz de leer y procesar automáticamente las placas MODS, a través de técnicas de reconocimiento de patrones y de un sistema en línea que permita el análisis y el procesamiento de imágenes de los cultivos”. Traducido: un grupo de científicos peruanos desarrolló un kit para detectar tuberculosis en 15 segundos cuando, antes, había que esperar meses. Juan Manuel Robles, periodista y escritor de ese país, escribió ese texto, que se titula Mirko Zimic contra los bacilos mutantes y dice así:

“Al consultorio del Dr. Somocurcio se llega en un ascensor viejo de esos que nunca paran exactamente al nivel del piso. Es un edificio gris del centro de Lima. Salvo por bocinazos furiosos que se escuchan a lo lejos, el lugar está lleno de calma, con ese aire de abandonada majestad que dan las losetas blancas pulidas por décadas de pasos. El cirujano José Somocurcio aparece desde el fondo del pasillo y se dirige a su despacho. Saluda sin ceremonia. Va al grano. Se sienta en su escritorio, donde hay una computadora, y en ella abre carpetas que contienen fotografías de lo que hace en el quirófano.

Son fotos horribles: su trabajo es rebanar pulmones enfermos.

(…) cortar un pedazo de pulmón para quitar las partes invadidas por la bacteria de la tuberculosis es un operación dificilísima. Son necesarias seis, siete, a veces ocho horas en la mesa de operaciones (…) pues la materia que ha hecho necrosis se pegotea a la carne y hay que “meterse” a separar los tejidos. La enfermedad hace huecos en el pulmón y allí adentro, en esas cavernas oscurísimas, vive el bacilo: “las cavidades son su santuario”, dice Somocurcio (…)

—La tuberculosis normal no es un problema, se trata con medicinas. Pero los casos que yo opero no son tuberculosis normales…

Las tuberculosis que él trata son causadas por bacterias que pueden sobrevivir a los principales antibióticos descubiertos durante el siglo XX, y que contuvieron la enfermedad al punto de hacernos creer que la habían vencido. Son cepas de la llamada tuberculosis multidrogo resistente (MDR, para los entendidos). Micobacterias mutantes, defectuosas en varios aspectos pero duras de matar. La bacteria de la tuberculosis —la versión clásica, digamos— es de por sí un organismo tenaz que asombró a biólogos de todas las épocas. “Si una bacteria es un soldado, la tuberculosis es un tanque”, dice el médico infectólogo Alberto Mendoza, un experto en la materia. Es un “tanque”, entre otras cosas, por el blindaje que crea su pared celular gruesa y grasosa —que los antibióticos comunes no pueden atravesar—, y su lentísimo proceso de reproducción: un huésped no invitado que encima es fresco, vive de tu organismo y se toma todo el tiempo que le da la vida. Cuando la cepa resiste los antibióticos (cuando es MDR), avanza al fondo, y en el camino produce una reacción biológica compleja que destruye la carne, ensancha irreversiblemente los bronquios y causa hemorragias violentas que hacen salir por la boca una sangre rojísima (…). La tuberculosis común puede curarse en seis meses; la MDR requiere un tratamiento de por lo menos dos años. Pero si no se detecta a tiempo, la infección puede avanzar y causar lesiones permanentes en el pulmón. Allí interviene Somocurcio con sus cuchillos. Al ver las fotos de su archivo personal —carne podrida, carne con orificios redondísimos, como los de los quesos— queda claro que su operación no es agradable ni constructiva. Es, simplemente, lo único que queda. (…) Según los registros del Ministerio de Salud, en 1996 el Perú tenía  algo más de cien pacientes de MDR. Para el 2005, había alcanzado casi 2700 casos al año (…) Esa coyuntura fue el germen de una lucha silenciosa: decenas de científicos peruanos buscaron nuevas formas de combatir esa mutación recia. (…)  Porque lo que se venía pintaba muy feo, y eran necesarias estrategias, fármacos y metodologías que no siempre estarían a la mano. Sin los recursos de las naciones desarrolladas, tuvieron que ser creativos. La de Mirko Zimic y su equipo es una de esas historias”.

Robles no escribió sobre placas MODS y técnicas de reconocimiento de patrones, sino sobre investigadores que, como Ulises internándose en la caverna del cíclope, eran gente apenas munida de conocimiento e ingenio enfrentándose a una fuerza milenaria de potencia demencial. Cuando terminé de editar ese texto, la tuberculosis ya no era para mí una enfermedad del siglo XIX acerca de la que había leído en novelas como La montaña mágica, sino algo que podía pasarme a mí y, a mi alrededor, el aire empezó a parecerme más peligroso. ¿Cuántas noticias lee uno acerca de la tuberculosis? Seguramente muchas. Yo, sin embargo, sólo recuerdo el texto de Robles porque fue el que me contó la tuberculosis por primera vez.

Y eso, ni más ni menos, es escribir: tener la ambición, desmesurada y mesiánica, de contar lo que sea –Chernóbil, la tuberculosis, el hambre- como si nunca nadie lo hubiera contado antes. Sin esa ambición, desmesurada y mesiánica, la escritura no existe.

En 1963, en Washington, ante más de docientas mil personas que marchaban en pro de los derechos civiles de los negros, Martin Luther King famosamente dijo: “Yo tengo un sueño. Sueño que un día, en las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y los hijos de los antiguos dueños de esclavos, se puedan sentar juntos a la mesa de la hermandad. (…) ¡Hoy tengo un sueño! Sueño que un día, el estado de Alabama cuyo gobernador escupe frases de interposición entre las razas y anulación de los negros, se convierta en un sitio donde los niños y niñas negras puedan unir sus manos con las de los niños y niñas blancas y caminar unidos, como hermanos y hermanas.”

Son palabras simples, pero llevan 53 años rodando por el gastado lomo de esta tierra. Y eso sucede porque son palabras que están tremendamente vivas. Y si las palabras que escribimos están tremendamente vivas quizás no hagan que el mundo sea un lugar mejor, quizás no hagan que las cosas cambien, pero alguna vez alzarán su mirada terrible y mirarán a un lector a los ojos y le dirán lo que tengan que decir. No podemos saber qué hará el lector con eso. Pero escribir es, también, habitar ese riesgo.

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